En una ciudad como Alcoy, donde las fábricas de papel y los telares dibujaban el horizonte de la modernidad, también nacieron artistas que supieron transformar la materia en emoción. Entre ellos destaca la figura de Lorenzo Ridaura Gosálbez (1871-1963), considerado el principal escultor modernista alcoyano, un hombre cuyo talento y sensibilidad marcaron una época y que, sin embargo, terminó sus días prácticamente olvidado.
Lorenzo Ridaura Gosálbez, escultor modernista alcoyano, maestro del arte funerario.
Ridaura nació el 5 de mayo de 1871 en Alcoy, en el seno de una familia de la burguesía industrial. Su padre, Francisco Ridaura, fue alcalde durante unos meses de la ciudad y dueño de la fábrica papelera “Lorenzo Ridaura”, ejemplo de aquel Alcoy emprendedor e innovador que tanto apostó por la industria. Pero el joven Lorenzo eligió otro camino: el del arte. Desde muy pronto mostró un talento especial que le llevó a formarse en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona y, más tarde, en Madrid, en el prestigioso taller de Agustín Querol, donde alcanzó la plenitud de su aprendizaje. Allí asimiló el rigor académico, pero también se impregnó de las corrientes del modernismo y el simbolismo, dando forma a un estilo personal que más tarde evolucionaría hacia el art déco.
Los molinos papeleros de la familia Ridaura en Anna marcaron el origen industrial del escultor.
Su carrera pronto empezó a brillar. Consiguió la tercera medalla en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1904 y 1906 y la segunda en la de 1908, un reconocimiento que situaba su nombre entre los escultores valencianos más prometedores. Sin embargo, la vida también le reservaba reveses dolorosos. En 1913 ganó un concurso internacional en Montevideo para levantar un monumento al fundador de la República de Uruguay, superando a 47 aspirantes. Todo estaba preparado para viajar, pero una grave enfermedad de su madre lo obligó a renunciar. Aquella oportunidad perdida pudo haber cambiado el rumbo de su trayectoria, pero el escultor eligió quedarse junto a los suyos, demostrando que la familia estaba por encima de la gloria.
Ridaura se formó en el taller del gran escultor Agustín Querol, donde alcanzó su madurez artística.
En 1918 creó su gran obra maestra: los ángeles del altar mayor de la iglesia de Sant Jordi de Alcoy, esculturas que le brindaron reconocimiento y nuevos encargos. Era una obra monumental, cargada de espiritualidad, que mostraba la capacidad de Lorenzo Ridaura para convertir la piedra en sentimiento. Pero el inicio de la Guerra Civil destruyó aquel sueño. Los ángeles fueron golpeados y descabezados, y de ellos hoy solo se conservan las cabezas en el Casal de Sant Jordi. Aquel suceso lo marcó profundamente, quizá porque era la obra de la que más orgulloso se sentía.
Ángeles actuales del altar mayor de la Iglesia de Sant Jordi, los originales fueron destruidos durante la Guerra Civil
Más allá de esta tragedia, la huella de Ridaura sigue presente en el cementerio modernista de Alcoy, considerado uno de los más bellos de España y forma parte de la Ruta Europea de los Cementerios. Allí descansan algunas de sus creaciones más emblemáticas, como el Ángel del Silencio (1903), una escultura que transmite serenidad y recogimiento; las Tres virtudes teologales (1898) en el panteón Moltó-Valor; o los imponentes panteones de Enrique Carbonell (1925) y Enrique Hernández (1931). Obras que convierten el arte funerario modernista en un auténtico testimonio de belleza y espiritualidad, y que hacen de Lorenzo Ridaura uno de los grandes nombres de la escultura valenciana.
El “Ángel del Silencio” (1903) es una de las esculturas funerarias más bellas del modernismo alcoyano.
Panteón de Enrique Carbonell (1925) y Las Tres Virtudes Teologales del panteón Moltó-Valor. Los panteones diseñados por Ridaura muestran su dominio técnico y sensibilidad modernista.
Sin embargo, tras la Guerra Civil sus encargos fueron disminuyendo hasta casi desaparecer. El escultor modernista que había sido premiado y reconocido pasó los últimos años de su vida en un silencio doloroso, alejado de los focos y de la gloria que alguna vez rozó. En 1956 se trasladó a Anna (Valencia), un lugar muy ligado a la historia de su familia, ya que allí su padre había instalado uno de los molinos papeleros. Fue en este pueblo donde vivió hasta el final de sus días, y donde, con 92 años, falleció el 2 de septiembre de 1963. Descansa en el panteón que él mismo había diseñado para su madre, cerrando un destino lleno de simbolismo: el escultor que dio forma a tantos recuerdos eternos esculpió también su propia eternidad.
Anna, el lugar donde Lorenzo Ridaura pasó sus últimos años y donde descansa junto a su madre.
El tiempo lo fue borrando del recuerdo. En 1989 el Ayuntamiento de Alcoy le dedicó una calle, aunque muy pocos conocían realmente quién había sido. No sería hasta 2018 cuando su figura resurgiera con fuerza, al ser el protagonista de la II edición de la Fira Modernista d’Alcoi, donde por fin recibió el homenaje que merecía.
La II Fira Modernista d’Alcoi rindió homenaje al escultor olvidado.
Lorenzo Ridaura Gosálbez fue mucho más que un escultor modernista. Fue un hombre que demostró que Alcoy no solo era una ciudad industrial, sino también un lugar de arte, sensibilidad y modernidad. Su vida, marcada por la genialidad y el infortunio, nos recuerda cuántas historias permanecen escondidas en el silencio del tiempo, esperando ser contadas.
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