Cuando hoy hablamos de las Fallas, es casi automático pensar en Valencia, en el ruido constante de la pólvora, en el olor a humo recorriendo las calles, en la sátira convertida en arte y en ese instante final donde el fuego lo devora todo para volver a empezar de nuevo. Pensamos en monumentos gigantescos, en barrios enteros viviendo para su comisión fallera y en una fiesta que ha terminado convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la cultura valenciana.

Sin embargo, hay una historia que mucha gente desconoce y que conecta directamente con Alcoy. Una historia breve pero intensísima. Una de esas historias que aparecen de repente, iluminan toda una ciudad durante unos años… y desaparecen dejando una huella mucho más profunda de lo que parece.

Porque sí: Alcoy también tuvo sus Fallas.

Y no fue una curiosidad aislada ni una imitación tímida de lo que ocurría en Valencia. Entre 1933 y 1936, la ciudad vivió una auténtica fiebre fallera que transformó por completo el ambiente de sus calles. Durante aquellos años, barrios enteros se organizaron alrededor de monumentos satíricos, las plazas se llenaron de música, pólvora y verbenas populares, y Alcoy descubrió una nueva manera de convertir la calle en espectáculo colectivo.

Porque si hay algo que define a esta ciudad es precisamente eso: su capacidad para vivir las fiestas con intensidad absoluta.

Alcoy, acostumbrada desde hace siglos a transformar sus calles en escenarios vivos (como ocurre con los Moros y Cristianos o con la Cabalgata de Reyes Magos), abrazó aquellas Fallas con una pasión inesperada. No como algo importado, sino como una fiesta que poco a poco empezó a adquirir personalidad propia, carácter propio y, sobre todo, alma alcoyana.

Y quizá por eso crecieron tan rápido. Porque aquí, cuando una celebración conecta con el pueblo, deja de ser simplemente una fiesta para convertirse en identidad.

 

Alcoy, hoy. Una ciudad que parece tranquila… pero que guarda historias que todavía arden bajo sus calles.

Todo comenzó gracias a una figura clave: Juan Arques Blanes. Dibujante, pintor y artista alcoyano, había pasado varios años en Valencia trabajando junto a diferentes artistas falleros, entrando en contacto directo con aquel universo donde el arte, la sátira y la fiesta convivían en mitad de la calle. Allí conoció cómo se construían los monumentos, cómo se organizaban las comisiones y cómo las Fallas eran capaces de transformar barrios enteros durante unos días.

Pero al regresar a Alcoy no volvió solo con experiencia. Volvió con una idea. Una idea que en aquel momento parecía casi una locura: plantar una falla en la Placeta del Carbó y trasladar aquel espíritu festivo valenciano a una ciudad donde nadie imaginaba todavía que el fuego acabaría convirtiéndose también en protagonista.

Sin embargo, en Alcoy las ideas, cuando realmente conectan con la gente, nunca se quedan sobre el papel. Lo que comenzó como un experimento artístico y festivo terminó encendiendo una chispa absolutamente inesperada. La respuesta popular fue tan grande que en apenas unas semanas comenzaron a surgir nuevos barrios falleros por toda la ciudad. Hasta diez zonas distintas decidieron sumarse al proyecto, creando sus propias comisiones y organizando actos que llenaron Alcoy de un ambiente completamente nuevo.

Y de repente las calles cambiaron.

Comenzaron las verbenas populares que alargaban las noches de verano hasta la madrugada. La música invadía plazas y barrios. Las tradicionales “despertaes” llenaban las mañanas de petardos y pólvora. Las calles aparecían decoradas con banderolas, luces y adornos improvisados por los propios vecinos. Se organizaban concursos, juegos infantiles, bailes y actos populares que implicaban a personas de todas las edades. Incluso la plaza de toros llegó a integrarse dentro de aquel enorme ecosistema festivo que parecía crecer sin freno año tras año.

Pero quizá lo más importante no fue únicamente la fiesta. Fue la manera en la que Alcoy hizo aquella celebración completamente suya.

Porque las Fallas alcoyanas no tardaron en adquirir personalidad propia. No eran simplemente una copia de Valencia. Aquí comenzaron a mezclarse rápidamente con el carácter de la ciudad: una sociedad acostumbrada a vivir intensamente sus fiestas, a ocupar las calles y a convertir cualquier celebración en una expresión colectiva de identidad.

Alcoy estaba viviendo algo nuevo. Pero al mismo tiempo, profundamente suyo. Una fiesta donde la calle se transformaba en escenario y donde el verdadero protagonista era el propio pueblo.

                             Sí, Alcoi también tuvo Fallas. Y no fue ninguna anécdota

Entre 1933 y 1936, Alcoy vivió una etapa muy particular de su historia festiva con la celebración de sus propias Fallas. Aunque su existencia fue breve, aquellas Fallas llegaron a tener una gran implantación en la ciudad y desarrollaron características propias que las diferenciaban claramente de las valencianas.

Uno de los aspectos más interesantes fue precisamente su carácter. Mientras en Valencia la tradición fallera mantenía una relación muy vinculada a San José y al componente religioso, en Alcoy las Fallas evolucionaron hacia un modelo mucho más centrado en la sátira y la crítica social. Los monumentos falleros se convirtieron rápidamente en herramientas para representar, mediante caricaturas y escenas irónicas, situaciones políticas, problemas cotidianos o cuestiones sociales que afectaban a la población alcoyana de la época.

En este sentido, las Fallas alcoyanas encajaban perfectamente en el contexto de la II República, un periodo en el que muchas celebraciones populares intentaron reforzar su carácter más civil y laico. De hecho, algunos historiadores consideran que el impulso que recibieron las Fallas en Alcoy también estuvo relacionado con las dificultades que atravesaban entonces los Moros y Cristianos debido a su fuerte vinculación religiosa. El crecimiento de la fiesta fue muy rápido. En 1934 ya existía incluso una publicación específica dedicada a las Fallas alcoyanas: la revista “El Fallero”. La publicación recogía información sobre los barrios falleros, los monumentos, las actividades festivas y la actualidad relacionada con la fiesta. Su éxito fue considerable, llegando a agotarse sus aproximadamente 2.500 ejemplares en apenas dos días.

En 1935 las Fallas alcanzaron probablemente su momento de mayor expansión. Las comisiones falleras estaban completamente consolidadas y se organizaron incluso ocho fallas infantiles. Además, algunos monumentos llegaron a superar los diez metros de altura, una cifra muy importante para la época y que demuestra el nivel organizativo y artístico que habían alcanzado las Fallas alcoyanas en apenas dos años. Otro elemento diferenciador era el calendario. A diferencia de Valencia, donde las Fallas se celebraban en marzo coincidiendo con San José, en Alcoy la fiesta se trasladó al mes de julio, concretamente alrededor de la festividad de la Virgen del Carmen. Entre el 12 y el 15 de julio la ciudad se llenaba de verbenas, música, pólvora, actos populares y monumentos falleros repartidos por diferentes barrios.

Todo ello convirtió a las Fallas de Alcoy en una experiencia singular dentro de la historia festiva valenciana. Aunque solo se celebraron durante cuatro años, lograron desarrollar una identidad propia y dejaron una huella importante en la memoria cultural de la ciudad.

 

Mientras Valencia las hizo grandes… Alcoy ya había encendido su propia chispa.

 

Pero aquella etapa terminó de forma abrupta en 1936.

Las Fallas de ese año estaban prácticamente preparadas. El Ayuntamiento había aprobado ayudas económicas de 4.000 pesetas para apoyar la celebración y también se habían previsto premios para las fallas infantiles. Las comisiones seguían trabajando, los barrios falleros continuaban organizándose y muchos monumentos ya estaban en fase avanzada de construcción.

Todo apuntaba a que las Fallas alcoyanas iban a consolidarse definitivamente.

Sin embargo, el golpe militar del 18 de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil paralizaron completamente la vida festiva de la ciudad. Las Fallas previstas para aquel verano nunca llegaron a plantarse y la celebración desapareció de forma repentina. Muchos de los ninots y materiales que ya estaban preparados quedaron almacenados durante años. Algunos terminaron deteriorándose con el tiempo y otros fueron vendidos posteriormente a ciudades como Valencia o Alicante una vez finalizada la guerra.

De esta manera terminaron las Fallas de Alcoy, una fiesta que en apenas cuatro años había conseguido desarrollarse rápidamente, implicar a numerosos barrios y crear una identidad propia dentro del panorama festivo valenciano.

 

Todo estaba listo… hasta que la guerra lo detuvo todo.

Y, sin embargo, como ocurre con todo lo que realmente deja huella, algo se resistió a morir del todo.

Aunque las Fallas desaparecieron en 1936 y nunca volvieron a recuperarse plenamente, la tradición no llegó a extinguirse del todo. Como ocurre muchas veces con las fiestas que dejan huella en una ciudad, quedó un pequeño recuerdo que consiguió sobrevivir al paso del tiempo.

Ese recuerdo se mantuvo durante décadas en el barrio de El Partidor.

Allí, cada 19 de marzo y en honor a San José, continuó celebrándose la costumbre de plantar y quemar una pequeña falla. Evidentemente, ya no tenía la dimensión que habían alcanzado las Fallas alcoyanas durante los años treinta, ni movilizaba barrios enteros como ocurrió entonces. Tampoco pretendía recuperar aquella gran fiesta desaparecida tras la Guerra Civil.

A través de ese gesto simbólico, El Partidor conservó viva la última chispa de una tradición que durante cuatro años llegó a formar parte de la identidad festiva de Alcoy. Una pequeña falla que actuaba casi como un eco de aquella etapa en la que la ciudad también tuvo sus monumentos satíricos, sus comisiones falleras y sus celebraciones alrededor del fuego y la crítica social. Porque aunque las Fallas alcoyanas desaparecieron hace décadas, nunca llegaron a borrarse completamente de la memoria colectiva de la ciudad.

 

La última llama de unas Fallas que no se olvidan del todo.

Resulta interesante imaginar cómo habría evolucionado aquella fiesta con el paso de las décadas. Probablemente habría desarrollado todavía más su personalidad propia, manteniendo ese carácter satírico y crítico que ya definía a los monumentos falleros alcoyanos desde sus primeros años. También es posible que la celebración hubiera terminado consolidándose como una de las grandes fiestas populares de la ciudad junto a los Moros y Cristianos o la Cabalgata.

Quizá hoy hablaríamos de unas Fallas alcoyanas completamente diferenciadas de las valencianas, celebradas en pleno mes de julio y muy vinculadas a la crítica social, la participación vecinal y la vida de barrio. Nunca lo sabremos.

Pero lo que sí sabemos es que aquellas Fallas formaron parte de la historia de Alcoy y representan un episodio muy singular dentro de la evolución festiva de la ciudad durante la II República. Aunque su existencia fue breve, consiguieron movilizar barrios enteros, generar publicaciones propias, organizar comisiones falleras y crear una identidad diferenciada en muy poco tiempo. Y precisamente por eso continúan despertando interés casi un siglo después.

Porque, en el fondo, las Fallas de Alcoy son también un ejemplo de la enorme capacidad que ha tenido siempre la ciudad para adaptar tradiciones, reinterpretarlas y convertirlas en algo propio.

 

Aquí es donde la historia cobra vida: Caragol Tours.

Si te ha gustado este viaje al pasado, imagina todo lo que aún queda por descubrir entre sus calles, sus historias ocultas y sus rincones menos evidentes. Historias como esta —las de las Fallas olvidadas, los industriales que cambiaron la ciudad o las leyendas que todavía se susurran en cada plaza— no se leen igual que se viven. Y ahí es donde entra Caragol Tours: visitas guiadas pensadas para que no solo veas Alcoy, sino para que lo entiendas, lo sientas y lo escuches como nunca antes te lo habían contado. Porque cada calle tiene algo que decir… solo hay que saber dónde mirar y quién te lo cuenta.

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